comunicacion de empresa
Monday, October 03, 2005
APUESTA SOCIAL DE LAS EMPRESAS
La empresa, como actor social, nace durante el período de la Revolución Industrial. La Real Academia Española define el concepto de empresa como la “Unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos”, como también "entidad integrada por el capital y el trabajo como factores de la producción, y dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios, generalmente con fines lucrativos y la consiguiente responsabilidad". Asimismo, es “el conjunto de personas, recursos naturales, técnicos y financieros para lograr un objetivo plenamente determinado. Al realizar la evaluación de la empresa se deben tener en cuenta: la actividad económica, las materias primas, los equipos, los procesos y los productos”.[1]
La empresa es un “Grupo social en el que a través de la administración de capital y el trabajo se producen bienes y/o servicios pendientes a la satisfacción a las necesidades de la comunidad”.[2]
Una empresa está formada por un grupo humano que “emprende” acciones sobre su entorno, toma iniciativas, actúa, se relaciona y asume riesgos. La empresa es acción por definición y la comunicación tiene que formar parte de la acción estratégica de la empresa. Actuar es una forma de comunicar. La comunicación debe dejar de ser una moda para convertirse en una cultura[3].
Las empresas siempre han tenido propósitos sociales implícitos en el desarrollo de sus objetivos económicos. Como ya hemos definido, entendemos que la responsabilidad social primaria de las empresas tiene que ver con generar empleo y producir los bienes y servicios que demanda el desarrollo y bienestar de la sociedad. No obstante lo anterior, surge una inquietud que nos exige averiguar cuál es la razón por la cual las empresas busquen trascender hacia el entorno su tradicional actitud de responsabilidad hacia la sociedad.
Es posible que existan varias razones. Según Yul Francisco Dorado[4], asesor de Consumers Internacional[5], los motivos se explican por la necesidad de las empresas de “replantear el negocio corporativo (mirada económica), impactar el modelo de desarrollo en crisis (enfoque sociopolítico), hasta legitimarse con acciones filantrópicas o de caridad religiosa (conducta moralista)”.
Para conciliar los intereses comerciales o de negocio de las empresas con su legítimo derecho de asumir una responsabilidad social más activa, abierta y dinámica, es necesario comprender la lógica del mercado en un modelo económico como el actual.
En primer término, entender que lo social, por ser de naturaleza de lo público y por consiguiente de la política, también es de competencia de las empresas. También, comprender que la responsabilidad de lo social - dentro del contexto de la globalidad - la debemos encontrar en la universalidad de los derechos humanos, que implica para los privados la aceptación de la existencia de contratos sociales como complemento de los contratos mercantiles. Asimismo, es preciso aceptar que en la esfera de lo público, donde se ubica la acción social, las empresas también asumen una responsabilidad de formación de capital social.
Con lo anterior, entramos al plano de los valores y de la ética en las empresas.
LA ETICA EMPRESARIAL
Conceptualmente, la ética empresarial[6] se refiere a “cómo una compañía integra el conjunto de valores (honestidad, confianza, respeto, justicia y otros) en sus propias políticas, prácticas y en la toma de decisión en todos los niveles de la empresa. Adicionalmente, la ética empresarial implica comportarse de acuerdo a los estándares legales, además de su adherencia a las leyes y regulaciones internas”[7].
Hasta hace pocos años, la concepción de la ética empresarial se circunscribía básicamente al estricto cumplimiento de las normas legales y la adhesión a las regulaciones internacionales[8], enfocándose principalmente a la implementación de códigos que delineaban en detalle lo que los empleados podían o no podían considerar como una conducta errada, como es el caso de los conflictos de intereses o el uso impropio de recursos de la empresa.
En las últimas décadas es posible observar el aumento de debates respecto de la ética de los negocios[9], el cual tendría su origen a mediados de 1950, aunque su desarrollo como especialidad se remonta a los años sesenta, a través de la influencia de teólogos, pensadores religiosos y catedráticos de las áreas de gestión de las escuelas de administración en los Estados Unidos de América.
Hacia mediados de los años ochenta, la ética de los negocios se consolidará como disciplina. En Europa, este tema ha tomado diversas denominaciones, como “Ética social”, “Ética económica” y “Economía y sociedad”, conduciendo ello a la creación del European Business Ethics Network, en el año 1987.[10]
En Europa, en tanto, se ha debatido intensamente en la búsqueda de aportar a la ética empresarial, buscando enfoques y aproximaciones que tengan en cuenta las tradiciones éticas y empresariales europeas. En España, por ejemplo, se plantea la necesidad de otorgarle contenido a la labor que realiza la empresa a través del desarrollo de una “ética aplicada” y que, en tanto reflexión ética, debiera darse en tres niveles explicativos que actúan de manera interdependiente: el nivel meso (sistema económico), nivel macro (empresas y organizaciones) y el nivel micro (el individuo). Sólo así es posible introducir la ética en toda la estructura y niveles de la actividad empresarial[11].
Para el académico Joseph Lozano, la especificidad de la ética de los negocios debe situarse a nivel de la organización (nivel macro), sin desconocer los otros dos niveles. De esta manera, sostiene Lozano, lograría demostrar las múltiples conexiones que hacen referencia al sistema económico o social, por un lado, y a los aspectos personales o profesionales, por el otro. La ética aplicada a la organización en su totalidad, es la principal contribución que realiza la escuela española en el campo de la ética empresarial.
Respecto de la RSE, Lozano sostiene que “la ética de los negocios plantea la necesidad de reconocer la interdependencia de los procesos organizativos con los procesos personales. Es decir, no se trataría de responder solamente al entorno, sino contribuir desde las mismas organizaciones al desarrollo de su propia responsabilidad social empresarial, enfatizando en esa construcción la importancia de los procesos cognitivos de todos los individuos que la componen”[12]. Asimismo, plantea que “la responsabilidad ética es social, en la medida que la sociedad espera que la empresa actúe en el marco de determinados valores socialmente reconocidos”[13]. Por ello, es posible pensar que la gestión ética es un proceso reflexivo que desplaza la responsabilidad de los individuos hacia la de una organización tan compleja y dinámica como es la empresa.
En tal sentido, hoy la ética empresarial está siendo internalizada por las empresas, las cuales ya la consideran como una variable que potencia y aumenta sus atractivos en el mercado, comprendiendo que la implementación de políticas, prácticas y decisiones que apunten a aplicar los valores éticos, trae innumerables beneficios. Al estudiar las diferentes visiones que expertos, académicos y empresarios tienen respecto de la RSE, es recurrente la importancia que le asignan al aspecto ético en las prácticas empresariales.
Por ello, se espera que las compañías no solamente desarrollen sus actividades dentro del respectivo marco legal, sino que más allá de la misma ley.
De lo anterior se desprende un sentido de obligatoriedad y un sentido de voluntariedad para dar cuenta de nuestros propios actos. Existe una distinción entre ambos sentidos, la cual se explica bajo la mirada de Michel Focault,[14] quien sostiene que el cumplimiento, por parte de una organización, de las normas obligatorias relacionadas con la responsabilidad social exigible es una conducta moral, en tanto ella se remite a la ley y a la estructura social en la que se desenvuelve.
Las empresas que cumplen con la normativa vigente son socialmente responsables por imposición, lo cual no obsta para que también lo puedan ser por elección, si van más allá de lo que la ley les impone. El incumplimiento de estas normas configura un delito susceptible de ser sancionado. Focault señala que “estamos tan acostumbrados a la vulneración de los derechos sociales que alabamos a las empresas que construyen su imagen proclamando el respeto por los mismos”[15]. En tal sentido, tales organizaciones no poseen virtudes especiales si sólo cumplen con los requerimientos legales mínimos que les son exigibles.
En cambio, la voluntad de una compañía para ir más allá de lo estrictamente exigible configura una conducta ética, puesto que ello no es fruto de coacción externa, sino que supone la libertad de decidir por sí misma hasta dónde responder a las expectativas y necesidades del entorno.
Vale decir, la empresa actúa de modo voluntario más allá de lo que la normativa legal expresamente señala.
Por lo anterior, asumimos que las responsabilidades emanadas de la creación y manejo de una empresa son asumidas por directores, ejecutivos y accionistas, en tanto cada uno de ellos es un individuo capaz de evaluar el por qué de las decisiones que adopta al respecto. Con tal acción, se expone a la empresa al juicio social y al análisis de la propia conciencia. La ética[16] cabe en el campo de lo individual, de lo que cada individuo hace sobre sus propios actos, dueño, como es, de la libertad de decidir por sí mismo. Sin libertad, no hay ética.
Para comprender qué se entiende por ética empresarial, abordaremos tres enfoques que muestran cómo se relacionan la actividad empresarial y la ética. Según Domènec Melé[17], estas visiones son el Economicismo Limitado, la Dualidad Racionalista y el Realismo Moderado.
Ante el Economicismo Limitado, nace una primera inquietud respecto de la ética empresarial: ¿Qué es legal o socialmente responsable?
Melé señala que en esta mirada ética, lo más relevante está dado por la maximización de beneficios por parte de la empresa, lo cual es únicamente limitado por la ley o por el cumplimiento de ciertas normas emanadas del propio entorno, las que son condición necesaria para que funcione el mercado, citando a Adam Smith, quien en su obra “El origen de la riqueza de las naciones”, da a entender que los negocios requieren un conjunto de normas éticas institucionalizadas que son necesarias para el buen funcionamiento del mercado, como es el caso del respeto a la propiedad privada y el cumplimiento de los legítimos contratos, entre otras.
Asimismo, Melé destaca la mirada que Milton Friedman tiene respecto de la ética en los negocios, quien considera que la única responsabilidad de la empresa es lograr los mayores beneficios, pero cumpliendo las leyes y las normas del mercado. De alguna manera también formaría parte de esta primera versión de la ética empresarial el cumplimiento de las exigencias incluidas en los denominados “contratos psicológicos”, que vienen a ser pactos no escritos que, en un determinado contexto empresarial y social, se consideran “reglas del juego” que deben ser cumplidas.
También, y dentro del Ecomicismo Limitado, existe otra expresión que restringe la maximización de beneficios a través de la aceptación por parte de la empresa de ciertas exigencias del entorno socio - cultural en el que opera. Estas limitaciones nacen de la presión del entorno social o de la mirada proactiva por parte de la empresa, por cuanto ella está sensibilizada respecto de las necesidades y demandas de la sociedad en la que actúa. Así, las compañías deben asumir un conjunto de responsabilidades sociales manifestadas en demandas sociales; porque si el entorno percibe que no lo hace, éste se volverá contra ella y arriesgará su propia supervivencia.
En este primer enfoque no se pretende tanto integrar la ética en las decisiones económicas, como cumplir con lo que es legal o socialmente aceptable. Se admiten normas únicamente con el propósito de que actúen como un instrumento para futuros beneficios de la propia compañía. Se podría cuestionar que este enfoque merezca la consideración de ética empresarial, pero no cabe duda que incluye un conjunto de normas de conducta, muchas de las cuales responden a exigencias éticas objetivas e independientes de las leyes y valoraciones sociales.
Para Melé, en este enfoque está presente la limitación que supone reducir la moralidad a la legalidad o a las demandas sociales, cuestionando una concepción ética empresarial enmarcada únicamente en el cumplimiento de las leyes vigentes. Pone como ejemplo lo que ocurre a empresas que se limitan a cumplir la normativa legal en países muy permisivos, en los cuales la ley siempre va detrás de los problemas detectados y, en su elaboración a veces influye más la opinión de los grupos de interés, que una sincera búsqueda de la justicia e igualdad social.
En tales escenarios, la ley está enfocada más a actuaciones prohibitivas que a actuaciones positivas, las que son éticamente las más relevantes.
Una segunda versión de la ética empresarial es la Dualidad Racionalista, la cual introduce juicios éticos en la toma de decisiones, partiendo por definir qué es correcto y qué no lo es, qué es éticamente aceptable y qué debe rechazarse. De este modo, según Doménech Melé, se supera el positivismo de la ley y la demanda social al considerar qué es lo correcto con anterioridad e independencia de lo que exija la ley o de lo que se pida. Esto permite calificar algunas leyes como injustas o exigir la mejora de ciertas leyes que no expresan suficientemente alguna exigencia ética. Permite también distinguir entre una legítima demanda, esto es, apoyada en criterios éticos, de otras carentes de legitimidad ética. Por otra parte, introducen criterios éticos que elevan, o pueden elevar, el nivel ético en una sociedad.
Para Melé, no hay sólo una teoría para determinar qué es correcto, sino varias y, por cierto, no siempre coincidentes entre sí. Por ejemplo, Emmanuel Kant define una ética formal, sin contenidos concretos, basadas en imperativos categóricos racionales que exigen cumplir ciertos deberes, con independencia de las consecuencias.
Otros, como John Locke, se basan en la existencia de un conjunto de derechos humanos evidentes a la razón, como el derecho a la vida, a la propiedad y a la libertad. Considera que lo correcto es actuar respetando esos derechos, y por consiguiente no es aceptable su violación. Por último, hay teorías que determinan lo correcto mediante un procedimiento racional. Así ocurre con John Rawls, quien aboga por un proceso orientado a la imparcialidad y Jurgen Habernas, el cual se identifica con un procedimiento basado en un consenso discursivo.
No obstante estas teorías difieren entre sí, todas ellas tienen en común que identifican lo “correcto” con lo “ético” y buscan qué es lo correcto en uno o varios principios que aparecen evidentes a la razón. Se trata de un ejercicio de la razón encerrada en sí misma, que no intenta conocer qué es bueno para el ser humano o qué acciones contribuyen a la excelencia humana. Por ello, estas teorías no pueden decir qué es bueno en sentido ético, sino simplemente determinar qué es correcto.
Para Melé, en la Dualidad Racionalista la ética no está en el núcleo de la acción, sino en su periferia y a lo económico se el análisis ético. Lo habitual es que sólo se consideren las acciones que pueden ser ilícitas. La ética empresarial adquiere así una cualidad básicamente prohibitiva que apunta más a evitar la corrupción y demás actuaciones inmorales que ser una invitación a la excelencia.
Por último, en la tercera visión de la ética empresarial, que Melé denomina Realismo Moderado, la ética es nuclear a la acción. No es sólo un juicio moral yuxtapuesto a la acción para justificar o no su “corrección”, sino algo consubstancial a la acción. Aquí hay varios elementos claves que son tomados en consideración.
El primero es la referencia a cómo la acción incide en las personas involucradas, desde la perspectiva de su desarrollo humano. De aquí que toda acción tenga un componente ético ya que toda acción sirve o daña a quienes reciben sus efectos y, en primer lugar, a quien la realiza. La ética empresarial no queda pues reducida a un instrumento normativo para resolver dilemas y situaciones cuestionables, sino que aparece como una orientación para cualquier acción.
En el Realismo Moderado, la pregunta no es qué es legal, socialmente aceptado o correcto, sino qué contribuye a la excelencia humana y cómo la acción contribuye o dificulta su consecución. Por consiguiente, esta visión de la ética empresarial cuenta con cierta capacidad humana para conocer ambas cosas, al menos en lo más básico, aunque no llegue a un conocimiento completo ni mucho menos exacto. Esta capacidad intelectual moderada de conocer qué es calidad o excelencia humana y distinguirla de sus contrarios, es negada por algunos. Sin embargo, el sentido común de “ponerse en el lugar del otro”, presente en muchas tradiciones éticas y religiosas, avalan la premisa señalada.
Esta común capacidad humana busca el bien humano y aquellos bienes que son comunes a la comunidad. De ahí surgirán códigos de conducta o regulaciones en el ámbito económico y empresarial, no como resultado de un proceso sino del diálogo sincero entre personas que buscan lo mejor para humanizar las relaciones empresariales.
Uno de los puntos básicos en la búsqueda de la excelencia humana es reconocer la dignidad de todo ser humano, portador de derechos, y abierto al desarrollo propio de quien es una persona. Esto exige respeto y una actitud de servicio y cooperación, que es justamente lo que da lugar a una mejora en la excelencia humana.
Otro elemento importante del Realismo Moderado es la importancia capital de quien toma la decisión. Él es, en último término, quien deberá hacer el juicio moral acerca de su decisión.
RSE, UNA VISIÓN ÉTICA DE LA SOCIEDAD
Desde una mirada macro, nuestro país se encuentra en un buen momento económico, sobresaliendo en términos de crecimiento entre sus pares latinoamericanos. Asimismo, la pobreza ha disminuido a la mitad entre los años 1987 y 2003[18]. Sin embargo, el crecimiento económico no ha solucionado la desigualdad persistente entre ricos y pobres y ha traído, en ocasiones, consecuencias negativas para el medioambiente, las comunidades y la calidad de vida de las personas.
El mundo que habitamos parece ser cada vez menos integrador, más individualista, y muchos, especialmente quienes provienen de los sectores marginales, miran el futuro con desesperanza.
Frente a este contexto, ciertos sectores de la sociedad civil han apostado por el concepto de responsabilidad social como punto de inicio de una forma alternativa de percibir el mundo y los roles que en él juegan individuos y organizaciones.
De acuerdo a Fundación PROhumana, la sociedad chilena se encuentra en una coyuntura en la que la responsabilidad social es percibida como una nueva manera de hacer ciudadanía y trabajar para el desarrollo, recreando el concepto de comunidad y el sentido de identidad y pertenencia de los individuos, esfuerzo que se orienta a construir en la sociedad un interés común que trascienda los intereses particulares y corporativos.
Desde esta perspectiva, la RS constituye “una estimación ética, es decir, una forma de captar y de vivir valores (…), una facultad de las personas y de las organizaciones para comprender su condición social y hacerse copartícipes de la construcción de una sociedad justa y solidaria”[19].
La RS, concepto desde el que se desprenden la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) y la Responsabilidad Social de la Sociedad Civil (RSSC), se construye sobre los conceptos de solidaridad, reciprocidad y alteridad.
En pocas palabras, la RS es una suerte de comportamiento social virtuoso que se practica siempre en referencia a otros, tomando conciencia de que se forma parte de un “nosotros”, que es la comunidad: “la RS es como la experiencia de todas las experiencias. Cuidar, ayudar, solidarizar; donar no son sólo acciones, son encuentros con lo más profundo de la existencia humana (…). Somos responsables siempre en relación a alguien, significa hacerse cargo de alguien, significa actuar”[20]. La idea es construir “puentes entre personas, puentes entre conceptos, puentes entre lo público y lo privado, puentes entre palabras”[21].
La RS busca construir una sociedad en la que haya equidad, igualdad de oportunidades, convergencia y diálogo entre los distintos grupos, y un desarrollo sustentable. Desde esta perspectiva, todo ciudadano, ya sea individual (las personas) o corporativo (las organizaciones) tiene la responsabilidad de contribuir a este proceso, que beneficia especialmente a aquellos sectores más marginados.
No obstante, esta responsabilidad tiene una mirada de largo plazo. En efecto, la RS implica pensar en el futuro, adquiriendo un compromiso de justicia intergeneracional, que se traduce en entregar a las nuevas generaciones un país que se sostenga en todos los planos, no sólo en el económico: “estamos hablando de una esperanza que se funda en las potencialidades que tenemos como sociedad y en la búsqueda de posibilidades de ser mejores. Una esperanza que derrote el absurdo y el fatalismo”[22].
Los adherentes de la RS postulan el refuerzo de la democracia participativa, para lo cual es necesario promover una educación ciudadana que genere capacidades y disposiciones cívicas que aumenten el capital social, el comunitarismo y la confianza en la sociedad. Asimismo, la institucionalidad democrática debe internalizar la importancia de promover la co - responsabilidad, es decir, una cultura de responsabilidad social, “estableciendo mecanismos participativos de tomas de decisiones y espacios públicos en los cuales sea posible dirimir los conflictos morales”[23]. Se rescata la necesidad de practicar el respeto a las personas y sus derechos fundamentales, a partir de pactos que reconocen bienes comunes.
A este diálogo para la construcción de un interés común también están invitadas instituciones públicas del país, las cuales poseen en su razón de existir un rol social y de cuidado comunitario que son indiscutibles. Asumir como práctica la Responsabilidad Social permite establecer objetivos concretos, de acuerdo a las necesidades de la sociedad, y revisar metodológicamente cómo es el desempeño en este sentido; todo ello, sin olvidar que se trata de cumplir con un deber que trasciende lo establecido en relación a funciones y competencias, que es el deber ético que las instituciones tienen de crear las condiciones para un mejor vivir.
[1] www.monografias.com/trabajos16/glosario-salud-ocupacional/glosario-salud-ocupacional.shtml
[2] www.definicion.org
[3] Costa Joan, “La Comunicación es Acción”, Apuntes y escritos personales. www.joancosta.com
[4] Dorado, Mazorra, Yul, Francisco, artículo “La responsabilidad social de las organizaciones de consumidores ante la RSE”, Santiago, Febrero de 2004, publicado en www.consumidoresint.cl.
[5] Federación de organizaciones de consumidores, fundada en 1960, para proteger y promocionar los intereses de los consumidores a nivel mundial.
[6] También mencionada como “ética de los negocios”.
[7] Definición dada por la Fundación ProHumana.
[8] Maia Seeger, Directora de Proyectos de Forum Empresa, Ediciones Especiales sobre RSE, Diario El Mercurio, Chile, 26 de marzo de 2003, página 4.
[9] Para Prohumana, es la traducción que se utiliza para los efectos de este documento al término anglosajón Business Ethics (BE).
[10] ProHumana – PNUD, Informe de Mesas de Trabajo sobre la “Responsabilidad Social Empresarial en Chile”, Santiago, Marzo – Septiembre de 2003.
[11] Seminario Internacional de RSE, Exposición “Gestión Ética: El marco para una Competitividad Responsable”, Josep Lozano, Santiago, 24 de Junio de 2004.
[12] Id.
[13] Id.
[14] Schvarstein, Leonardo, “La Inteligencia Social de las Organizaciones”, Paidós, Buenos Aires, Argentina, 2004, página 49.
[15] Id.
[16] Estudia los fundamentos de lo que se considera bueno, debido o moralmente correcto. Aunque frecuentemente son tomados como sinónimos, se prefiere el empleo del vocablo 'moral' para designar el conjunto de valores, normas y costumbres de un individuo.
(es.wikipedia.org/wiki/%C3%89tica)
[17] Melé, Doménech, Apuntes “Tres Versiones de la Ética Empresarial”, IESE, Universidad de Navarra, 2003.
[18] La pobreza en Chile ha disminuido de manera significativa en los últimos años, pasando de un 44,6% en 1987 a un 25% en 1996 y a un 20,6% en el año 2000. Las cifras corresponden a datos obtenidos de la encuesta CEP y del Gobierno.
[19] Chavarri, Reinalina, Osorio, Jorge y Teixidó Soledad, “La Responsabilidad Social: construyendo sentidos éticos para el desarrollo”, Prohumana Ediciones, Santiago, Noviembre de 2002, página 3.
[20] Chavarri, Reinalina, Osorio, Jorge y Teixidó Soledad, “La Responsabilidad Social: construyendo sentidos éticos para el desarrollo”, Prohumana Ediciones, Santiago, Noviembre de 2002, página 22.
[21] Id., página 15.
[22] Id., página 18.
[23] Id., página 23.
